Cómo compra un español su casa: regateo, cuñados y miedo al tejado
Hola amig@s.
Hoy vamos a hablar de la gran aventura nacional: el español comprando casa.
No, no es una transacción financiera, es un drama familiar con tintes de telenovela y un poco de circo romano.
1. El precio manda
El español no compra con el corazón, compra con la calculadora.
El precio no es un número, es una bandera de guerra.
Lo primero que suelta es: “¿Cuánto? ”.
Y lo segundo: “Eso está inflado, seguro que se puede bajar”.
Para un español, pagar el precio que pide el vendedor es un acto de estupidez.
El regateo aquí no es una técnica: es un deber patriótico.
Aunque la casa le guste, aunque sea perfecta, aunque sepa que mañana la perderá, tiene que decir “te doy un 20% menos, y gracias”.
Porque si no hay descuento, no hay gloria.
2. Desconfianza institucional
Aquí nadie confía en nadie.
El notario es un vampiro con toga, el banco es un lobo disfrazado de oveja, el arquitecto es un artista incomprendido que cobra por dibujar rayas, y el agente inmobiliario… bueno, directamente es el demonio 😆
El español revisa papeles como si buscara una maldición escondida en la escritura: hipotecas ocultas, deudas de comunidad, el IBI del 2002…
Su obsesión no es comprar la casa de sus sueños, es no heredar un problema.
Y si para eso hay que pagar a un abogado para que diga lo mismo que ya dijo el agente gratis, se paga.
3. La familia manda más que el dinero
En España, nadie compra solo.
Eso sería demasiado fácil.
Aquí se consulta con la madre, el padre, el hermano, la cuñada que es abogada, el primo que una vez pintó una pared y hasta con el perro.
Y claro, siempre hay alguien que arruina el momento: “a tu padre no le convence”, “a tu madre le parece cara”, “el primo dice que mejor esperamos a ver si baja”.
Resultado: la casa se pierde, pero todos duermen tranquilos porque al menos se hizo en familia.
4. El miedo al riesgo
El español no quiere líos. ¿Reformas? ¡Ni hablar!
¿Un pozo sin papeles? Suena a cárcel. ¿Suelo rústico? Uy, qué miedo. ¿Un tejado viejo? Mejor no.
La frase favorita es: “Lo quiero listo para entrar”.
Pero lo mejor es cuando dicen “bueno, si hay que reformar, que me den un presupuesto cerrado”…
Claro, como si la obra fuera una pizza con precio fijo y no una caja sorpresa.
En el norte esto es todavía más extremo: asturianos, gallegos y cántabros huyen de cualquier promesa que suene demasiado bonita.
Desconfían hasta del sol.
5. Psicología de la inversión
En la cabeza del español, la casa no es un gasto, es un plan de pensiones en ladrillo. “Si mañana pasa algo, siempre se puede vender”.
Nadie piensa en el IBI, en la comunidad, en las goteras ni en la reforma de tuberías.
Lo importante es que el dinero “no se pierde, está en ladrillo”.
Eso sí, la ilusión de ganar es pequeña comparada con el miedo a perder.
Prefieren un piso feo, barato y seguro que una casa de revista con un poco de riesgo.
El lema es: “más vale malo conocido que bonito sospechoso”.
6. Emoción y raíces
Y ahora la parte bonita: aunque van de calculadores fríos, al español le tira la vena emocional.
Una casa con el olor a mar de la infancia, el pueblo de los abuelos, el manzano en el jardín.
Ahí ya no hay precio que valga.
En el sur todo es estética y lucimiento: terraza para las fotos, fachada para presumir, piscina para invitar a los amigos.
En el norte, lo práctico: buen tejado, agua propia, leña, finca fértil.
Allí nadie presume de jacuzzi, pero sí de “mira qué manzanas tan grandes me da la finca”.
Conclusión sarcástica:
En resumen, amig@s: el comprador español es práctico, desconfiado, regateador y familiar, pero con corazón blando cuando se conecta con sus raíces.
Si lo quieres convencer, háblale de seguridad, papeles en regla y precio justo.
Y sobre todo, no olvides la clave: al español no se le vende una casa, se le vende tranquilidad para dormir 🥹
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