Negociación de precio. La etapa más importante del cierre. 🤡👋
Amig@s, hoy vamos a hablar del tema que más nervios, sudores fríos y discusiones provoca en cualquier compraventa: el precio del inmueble.
Sí, ese momento en el que el propietario se siente el rey del castillo (aunque el castillo esté en ruinas) y el comprador cree que puede conquistar medio principado con el presupuesto de una bicicleta eléctrica.
Por eso insisto —y Lola y David también— en que hay que ser sinceros y directos desde el minuto uno.
Con nosotr@s, con vosotr@s, con tod@s.
Esa sinceridad es buena para tod@s, y os explico por qué.
Cuando aparece un inmueble y hablamos con el propietario, lo primero que nos cuesta es conseguir la exclusiva.
No porque no queramos trabajar, sino porque somos una empresa nueva, todavía poco conocida, y hay competencia por todas partes.
Cada propietario cree tener el tesoro de los templarios, aunque esté en mitad de un polígono industrial con vistas al Arcelor y olor a fundición gratis.
Muchos miran portales inmobiliarios, ven precios de zonas prime, y sin tener en cuenta la ubicación o el estado del inmueble, deciden multiplicar su valor por tres.
Claro, una cosa es un chalet en Somió o Cabueñes, y otra muy distinta una casa igual en Peón.
Pero nada, algunos se empeñan en vender una ruina de época de Jesucristo a precio de ático de Gijón.
Y al otro lado, también tenemos compradores que quieren un chalet de lujo, con vistas al mar y jardín zen, por 20. 000 euros. 🥴
Pues claro, también hay de esos.
A veces sentimos que no trabajamos como agentes, sino como psiquiatras inmobiliarios 🏥
La realidad es que ni el propietario ni el comprador tienen siempre la razón.
El propietario aporta un bien de valor (aunque esté para derribo), y el comprador aporta dinero.
Entre ambos estamos nosotr@s, los intermediarios que tratamos de unir dos mundos que muchas veces hablan idiomas distintos.
El propietario no quiere bajar el precio porque cree que “ya vendrá alguien que lo pague”.
El comprador no quiere subir porque sospecha que “nos queremos forrar a su costa”.
Resultado: desconfianza general y operación muerta antes de empezar.
Si insistimos mucho al propietario para ajustar el precio, enseguida piensa que no queremos trabajar o que somos unos flojos. “Con ese precio ya lo vendo yo”, dice, y se marcha tan feliz a la franquicia internacional de turno, convencido de que allí sí le encontrarán un comprador que pague el oro y el moro.
Spoiler: no lo hacen.
Y el comprador, por su parte, si ve que el propietario no baja ni un euro, se cabrea y busca otra propiedad más barata.
Y así seguimos todos en un bucle absurdo que solo retrasa lo inevitable: la negociación.
Por eso, si de verdad te gusta una propiedad, haz una oferta.
Pero hazla con sentido.
Una oferta normal, sin ofender, ronda el 5-10% menos del precio de venta.
Eso es razonable, eso es diálogo.
No es guerra, es negociación.
No seas como Pinocho, intentando disimular que no sabes si quieres comprar o no, mientras te crece la nariz con cada excusa.
Si te gusta, dilo. Si no, también. Pero habla claro.
A veces nos llama un comprador después de la visita y empieza con la crítica teatral: que si las paredes están torcidas, que si la cocina es vieja, que si los gorriones cantan demasiado.
Y ya sabemos lo que significa: le ha gustado.
Solo quiere rebajar el precio.
Pues venga, propón una cifra razonable y hablamos con el propietario.
Más claridad, más rapidez, menos teatro.
Y ojo: si estás ajustado de dinero, no pasa nada.
La mayoría de los compradores están igual o peor.
No eres un narco ni un traficante de armas que puede soltar el dinero a puñados.
Cada euro ahorrado tiene detrás una historia, una renuncia, una ilusión.
Y nosotros lo respetamos.
Por eso te pedimos que seas sincero: dinos cuánto puedes gastar realmente, y cuánto podrías estirar si la casa te enamora.
Así podemos buscar algo que te haga feliz, y no venderte lo primero solo por cobrar una comisión y dejarte tirado en un sitio que acabarás odiando.
La sinceridad, al final, ahorra disgustos.
Es como cuando tu madre te pregunta si quieres cenar.
Si te enrollas con un discurso de media hora sobre el valor nutricional de la comida y la importancia de la pausa digestiva, te acaba cayendo una colleja o el plato por encima.
Pues en la compraventa pasa lo mismo: menos rodeos, más claridad.
Así que si una casa te gusta, haz oferta.
Si no te gusta, dilo también, sin dramas.
No nos ofendemos.
Pero no nos hagas perder tiempo ni a ti ni a nosotr@s.
Porque cuando vemos tu cara y escuchamos ese “mmm tengo que pensarlo”, ya sabemos lo que hay. Y todo bien.
Pero dinos qué te ha gustado y qué no, para poder mejorar la próxima vez.
Bueno, amig@s, a ver si en breve cerramos un par de casas y pisos, que estamos en plena negociación con varios propietarios.
Crucemos dedos, brindemos con sidra y comamos fabada. Y que la próxima oferta sea la buena.
Amén.
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