Amig@s, hoy vamos a destripar un tema que me da más dolores de cabeza que las llamadas de telemarketing a la hora de la siesta: las reformas.
Viene un cliente todo feliz, con su presupuesto de 20-50 mil euros, y me suelta: “quiero una casita barata para reformarla a mi gusto”. 🤡
Y yo ya me imagino lo que hay detrás: ilusión de principiante, brillo en los ojos, y esa fantasía de convertir un chiringuito de cabras en una villa ibicenca.
Perdona, pero eso no es ahorrar: eso es como pretender que las zapatillas deshechas de tu abuelo se conviertan en Louboutin con solo cambiarles los cordones, o que una bolsa de Zara tuneada acabe en el escaparate de Hermès.
Lo vintage tiene su magia, sí, pero solo cuando de verdad lo es.
Si coges el coche de tu abuelo, lo amas tanto que decides restaurarlo y al final te cuesta lo mismo que un Ferrari, dime tú dónde está el negocio.
Yo lo digo claro: para reformar, la casa tiene que ser vintage de verdad, de esas con historia o lujo detrás, o estar en un sitio donde el metro cuadrado se cotiza más caro que tu nómina.
Todo lo demás son cuentos de hadas para arruinarse.
¿Quién puede permitirse las ruinas de monte?
Constructores y arquitectos, que tienen enchufes para licencias, permisos y materiales, y encima saben meter mano ellos mismos sin necesidad de llamar a un ejército de obreros.
Tú, que no sabes ni cambiar un enchufe, cuando levanten la primera pared y salga de ahí una mezcla entre estiércol, maíz y esqueletos de gallinas, vas a llorar más que un niño sin wifi.
Es que siempre lo digo: reformar una bolsa Chanel vale, porque al restaurarla sube el precio.
Pero reformar la bolsa anónima de tu bisabuela, aunque la vistas de seda, seguirá siendo la bolsa de María.
Y lo mismo pasa con las casas.
Si mañana viene un comprador y ve dos inmuebles al mismo precio, uno con estructura sólida y materiales de primera, y otro que parece sujetado por palillos chinos, ¿cuál crees que compra?
La respuesta es obvia.
Ejemplo de andar por casa: dos ruinas idénticas, una en Gijón por 80 mil y otra en San Martín de Rey Aurelio por 10 mil.
Las dos requieren la misma reforma. ¿Dónde está la rentabilidad?
Pues en Gijón, porque ahí recuperas e incluso multiplicas.
En San Martín, lo único que multiplicas es la hipoteca emocional.
Y cuidado con “mi primo sabe poner suelos”. Sí, claro, y tu cuñado prometió echarte un cable, hasta que desapareció con la excusa de un dolor de espalda y te dejó con la obra patas arriba.
Es que las reformas familiares son la mejor receta para acabar en peleas, insultos y relaciones cortadas de raíz.
Otra cosa: el presupuesto.
Para un constructor, la reforma cuesta 20-30 mil.
Para ti, que no distingues un destornillador de un abrebotellas, será 50-80 mil.
Así de simple.
Y además hay que tener claro qué es reforma y qué es “pintar y cambiar azulejos”.
Que muchos creen que poner parquet ya es “obra mayor”.
Y ojo: yo no soy arquitecta, ni comercial de constructora, ni influencer de decoración.
Soy agente inmobiliaria.
Mi trabajo es venderte un inmueble legal (o legalizable), no diseñarte la cocina.
Porque cuando las sorpresas de la reforma te exploten en la cara, no quiero escuchar el típico “Olga, hija de Putin😆, me vendiste la casita de los tres cerditos de paja que me arruina”.
No, cariño, yo quiero que me pongas velas en la iglesia por tu felicidad, no que vengas a incendiarme la puerta.
La compraventa ya de por sí es como una negociación de rehenes: comprador apretando como poli cabreado, propietario agarrado al dinero como terrorista, y yo en medio, psicóloga de pareja, árbitro y negociadora del FBI.
Porque hay casos en que el propietario no quiere vender solo porque le caíste mal de primeras o porque le pareciste un chulo.
Y ahí entro yo, para calmar egos, suavizar tensiones y cerrar el trato.
Así que, conclusión: deja las ruinas para los constructores con enchufe, y si lo que quieres es vivir feliz y no dormir con pesadillas de facturas, sígueme.
Yo te encontraré una casa que te encaje, que te haga despertar con sonrisas y no con insultos dedicados a mí 😆
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