Españoles vs Rusos en el mundo inmobiliario
➡️ El español y el ruso pueden coincidir en muchas cosas: ambos quieren “el chollo de su vida”, ambos sospechan que les quieren engañar y ambos creen que, con la compra de una casa, están resolviendo la existencia de tres generaciones futuras.
Pero lo que les mueve por dentro y cómo lo enfocan es un choque cultural digno de una película tragicómica.
El español: el cazador de chollos desconfiado
El español entra en el mercado como quien entra en una tómbola.
Lo primero que pregunta no es “¿cómo es la casa? ”, sino “¿cuánto cuesta? ” y acto seguido: “pero ese precio se puede bajar, ¿no? ”.
El regateo es una religión.
El que no pide descuento es tonto o turista.
El segundo motor es la desconfianza: no cree en nadie.
Ni en el notario, ni en el banco, ni en el arquitecto, ni en el vecino.
Piensa que todo el mundo le va a colar una trampa, así que revisa papeles como si estuviera buscando la cláusula secreta que le hará perder la casa y los riñones.
Y, ojo, no toma decisiones solo: siempre aparece la madre, el padre, el cuñado o el primo abogado que “sabe del tema”.
El español compra con la calculadora en una mano y el miedo en la otra.
Quiere seguridad, tranquilidad, “que esté todo en regla” y a ser posible que la casa ya tenga hasta el sofá colocado.
La reforma grande le aterra: “no sea que me metan un sablazo y me quede sin vacaciones”.
Eso sí, en cuanto se convence de que es buena compra, empieza a hablar de “herencia” y de “esto quedará para mis hijos”.
La casa es ahorro, no gasto.
➡️ El ruso: el conquistador del ladrillo con instinto de supervivencia
El ruso entra en el mercado inmobiliario como en una guerra: o conquisto yo, o me conquistan a mí.
Viene entrenado de una economía donde hoy vale diez y mañana cien, así que lo que quiere es estabilidad inmediata y tangible: una casa, una finca, un techo sólido.
El ruso compra no solo para vivir, sino para sobrevivir.
No le asusta la reforma: al contrario, un ruso ve una ruina con paredes torcidas y piensa “aquí caben mis sueños”.
Sabe que se puede arreglar, que siempre habrá un tío que le haga la obra más barata y que lo importante es el terreno, el agua y el potencial.
No necesita la bendición de toda la familia: consulta quizá con alguien de confianza, pero la decisión la toma él mismo, porque su mentalidad es que, si no decides tú, el mundo decide por ti.
El ruso desconfía, sí, pero de manera distinta.
Piensa que el sistema siempre intenta fastidiarle, pero también cree que se puede burlar al sistema si uno es más listo.
No revisa los papeles con cuñado incluido, sino que va directo: o confía en un especialista, o paga para que le den la seguridad.
Y si ve riesgo, lo acepta, porque está acostumbrado a vivir con riesgo.
➡️ Lo que tienen en común
Ahí viene lo gracioso: al final, tanto español como ruso quieren lo mismo.
Quieren precio bueno.
Quieren que no les estafen.
Quieren que la casa sea un “seguro de vida” para ellos y sus descendientes.
Y quieren poder mirar a los demás y decir: “mira lo que tengo, no soy tonto, hice buena compra”.
La diferencia está en la psicología.
El español se mueve con miedo y cálculo, como quien cruza un campo de minas; el ruso se mueve con instinto y valentía, como quien cruza el mismo campo pero con un tanque.
➡️ Conclusión irónica
Un español tardará meses en decidir si compra o no, porque hay que hablarlo con la familia, revisar papeles, consultar foros y asegurarse de que el precio baje un 10%.
Un ruso lo decide en una semana: “me gusta, lo compro, y si me engañan, ya me las arreglaré”.
El español compra buscando tranquilidad, el ruso compra buscando poder.
Y al final, los dos terminan igual: con hipoteca, goteras y una suegra opinando. 😏
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